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el perro tiene pulgas, ¿qué hacer?

La pulga y los piojos son pequeños insectos, miden a lo sumo 4 milímetros, y existen desde hace unos 150 millones de años. Estos animales han parasitado al hombre desde el inicio de su existencia, ya que la higiene y el control de plagas no siempre han sido los adecuados. Son pequeños, casi diríamos insignificantes: apenas se ven, sin embargo estuvieron al límite de extinguir la especie humana. La pulga y el piojo difundieron la peste y el tifus, dos epidemias virulentas que modificaron el rumbo de la historia, pues estos tipos de plagas han dejado más muertos que todas las guerras juntas y su impacto devastador ha sido superior al de los volcanes, terremotos o tsunamis.

La presencia de pulgas y piojos a lo largo de la historia

La profecía cumplida Según una leyenda bíblica, Noé pactó con la serpiente salvar su arca del naufragio: a cambio de su ayuda para frenar un escape de agua, le habría suministrado comida. Pero el patriarca incumplió su trato, para preservar las especies animales. El reptil, entonces, ante la traición de Noé, le castigó enviándole “pulgas, moscas, piojos e insectos diversos que se alimentan de la sangre humana”. Y así fue. Estos minúsculos seres vivos dejaron a lo largo de la historia una larga y trágica secuela de muerte.

Pulga pestífera La pulga no hubiera sido tan nociva si no fuera por las ratas, que son las portadoras del bacilo de la peste y que se piensa procede de sus madrigueras. La pulga se infecta al alimentarse de su sangre y, al entrar en contacto con el ser humano (la energía muscular de una pulga es tan grande que puede saltar una distancia doscientas veces mayor que su propia longitud), le inyecta la bacteria de la peste. No hay que olvidar que hace siglos la temperatura promedio en la Tierra era más baja. En Europa, en lugar de esconderse en la intemperie, las ratas buscaron cobijo en las casas, con lo que el hombre se encontró con el enemigo dentro de sus paredes domésticas.

Balance negativo La mitad de los apestados moría al cabo de una semana, tras padecer unos dolores atroces. Entre las varias formas de peste, la bubónica, que afecta a los ganglios linfáticos situados en garganta, axilas e ingles, era sin duda la más atroz: muchos infectados preferían suicidarse en lugar de tratar de reventar los bubones. Curiosamente, a diferencia de otras epidemias, con la peste ningún ser vivo sale ganando: ni la rata, ni la pulga ni el hombre. Mueren todos. El balance para el ecosistema es totalmente negativo.

Al borde de la extinción Conocida como la muerte negra, la peste puso de rodillas a Europa entre los años 1348 y 1350. Se cree que vino de Asia y que los mongoles la prodigaron hasta Crimea. Unos comerciantes genoveses desembarcaron en Messina y así introdujeron la epidemia en la cuenca del Mediterráneo. En el Viejo Continente hubo 25 millones de muertos. En su conjunto, la Tierra pasó de 450 millones de habitantes a menos de 350 millones, con lo que se perdió una cuarta parte de la población mundial. De acuerdo con la escala ideada por el geógrafo canadiense Harold D. Foster, que mide la magnitud de los desastres humanos (un poco como la escala Richter para los terremotos), la peste negra es la segunda catástrofe más grande de la humanidad, sólo superada por la Segunda Guerra Mundial. Para que se tenga una idea del impacto, es como si hoy en día murieran 2.000 millones de personas en el lapso de tres años: ¡el equivalente de todos los estadounidenses, europeos y chinos borrados del mapa! No es exagerado sostener que en esa época la raza humana se quedara al borde de la extinción. África tardó más de 600 años en recuperar su antigua población tras los estragos del siglo XIV. Algunas ciudades se quedaron prácticamente sin habitantes. Boccaccio en El Decamerón (“basta mirar a un enfermo para contraer la peste”, llegó a escribir) estimó que murieron en Florencia casi 100.000 personas, casi cuatro de cada cinco florentinos.

Esos piojos mortales Junto a la peste, el tifus fue la otra gran plaga que azotó a la humanidad. El mecanismo de la infección es relativamente sencillo: el piojo se acomoda en los pliegues de la ropa, que está al contacto con el cuerpo. La enfermedad se transmite al ser humano a través de las heces del insecto, donde se deposita el patógeno, una rickettsia, por simple frotamiento. El tifus se manifiesta con erupciones cutáneas, fiebres muy altas, delirios y finalmente, la muerte. El brote siempre surge cada vez que se da una fuerte aglomeración humana y la existencia de malas condiciones sanitarias. Los piojos encuentran en este ambiente propicio su caldo de cultivo (no hay que confundirlos con los del cabello, tan comunes entre los niños, pero que no son portadores de esa enfermedad). Sin alcanzar las cifras devastadoras de la peste, el tifus se cobró la vida de cuatro millones de personas. El siglo XX fue sin duda la peor época, debido a los grandes conflictos armados y las hambrunas que asolaron diversos países. Resulta por lo menos paradójico si se considera que, en el 1911 Charles Nicolle ya había demostrado el papel transmisor del piojo y, teóricamente, se podría haber luchado de una forma efectiva contra el insecto. Hubo que esperar al descubrimiento y uso del DDT para que la epidemia se redujera de forma drástica.

Castigo divino Más allá del drama humano, las consecuencias tanto de la peste como del tifus fueron devastadoras en muchos ámbitos: sociales, culturales y políticos. Se redujo la superficie cultivada, se abandonaron los lugares habitados. La mano de obra se convirtió en un bien escaso, con lo que los salarios se elevaron, mientras que el precio de los alimentos sufrió varias oscilaciones debido a su escasez. Una gran parte de la población cayó en la resignación y el miedo. En ausencia de una explicación científica, no hubo más alternativa que recorrer a una justificación de tipo religioso. Estas plagas se interpretaron como castigo divino. “En lugar de alejar al pueblo de Dios, estas hecatombes no hicieron otra cosa que confirmar la existencia de una divinidad, que se manifestaba, eso sí, de una forma cruel. No es ninguna casualidad que los movimientos ateos prácticamente no se desarrollaron antes del siglo XX, cuando la peste y el tifus perdieron su valencia mística y religiosa”, hace notar Sistach.

Continuaremos contándote “La presencia de pulgas y piojos a lo largo de la historia” en el siguiente post. Así que CONTINUARÁ…

 

Fuente: http://www.lavanguardia.com/estilos-de-vida/20121109/54354294559/pequenos-pero-matones.html#ixzz2CBC4H1SU

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